Baje la gran escalinata que conducía al piso de abajo, me encontré con mi criada personal Amy, una chica venida de norte América esperando una oportunidad de trabajo pero la pobre acabo aquí, creo que no hay sitio peor que la mansión Moncrieff, la familia mas adinerada de Londres y yo su única hija Elisabeth debía buscar un buen marido que tuviese una buena posición para conseguir aun mas fortuna. Amy me condujo hasta el gran salón donde recibíamos las visitas, una estancia algo ostentosa para no decir mucho, con arañas de cristal, jarrones de porcelana china, cuadros de pintores famosos, una pequeña mesa de té de roble… En fin, demasiado lujo para mi gusto, aunque fuese de buena familia yo prefería las cosas más… Sencillas, no quiero decir que no me gusten las joyas o los muebles bonitos, simplemente no me gustan las cosas tan barrocas aun así una mansión debía ser decorada para mostrar el poder y el dinero de quien residía en ella, yo lo encontraba una pérdida de tiempo y dinero pero era mejor no decir nada de aquello a mis padres. En una de las sillas había un joven algo más mayor que yo, como mucho diecinueve años, con un sombrero de copa y muy bien vestido, se le veía relucir un reloj de bolsillo que parecía ser de oro o bañado en él y llevaba unos guantes que parecían ser de seda, cuando me acerque a él me sorprendió lo atractivo que era, tenía el cabello negro como yo pero tenía un tono como azulado que hipnotizaba y sus ojos eran de un color gris plateado que miraban fijamente a los míos, parecía que no mirase otra cosa, teniendo en cuenta que, sin querer alardear, soy una dama de una belleza inusual, aunque él tampoco se quedaba atrás, mejor dicho, era realmente atractivo, había visto otros jóvenes de familias adineradas pero ninguno tenía un rostro tan anguloso, viril y a la vez tan hermoso. Mi padre me indico que debía sentarme a su lado y lo hice un poco nerviosa, nunca me habían atraído los nobles y todo ese mundo el cual vivía en una perpetua ostentación. El joven no paraba de mirarme el rostro, no entendía por qué y esa constante atención hacia mí me desconcentraba y no atendía a la conversación que tenían él y mi padre, seguía yo confundida con esa situación cuando me di cuenta de que me estaba preguntando algo y tardaba en responder.
-Perdone no quería ser descortés es que estoy algo nerviosa-dije con una leve sonrisa con lo que él respondió asintiendo con la cabeza- ¿Qué me preguntaba señorito?
-Le preguntaba cuáles son sus aficiones señorita Moncrieff.
-Oh vaya, bueno adoro la música y la literatura, sobretodo la poesía, para mi es una maravilla, es increíble la imaginación que pueden tener algunos compositores, escritores y poetas.
-Vaya así que es una joven cultivada. -dijo él con una sonrisa, obviamente parecía complacido con mi respuesta- Me gusta que una mujer sepa pensar por sí misma, no me serviría de nada tener una compañera que no pudiese ayudarme en mi asuntos.
Me sonroje cuando dijo eso, normalmente los hombres quieren una mujer que les haga las tareas de la casa y que les den herederos sanos, nunca había oído escuchar de hombres que quisieran mujeres intelectuales y muchas veces cuando las mujeres quieren leer o lo hacen deben hacerlo a escondidas de los demás, si no rápidamente habría rumores de cualquier tipo, la gente sabe sacar un buen cotilleo de las cosas más mínimas, podrían incluso decir que por culpa de la literatura las mujeres no atienden a sus maridos como deberían, yo soy más de la opinión que las mujeres leemos porque necesitamos evadirnos de este mundo que nos tiene atadas, sobre todo mujeres casadas que no ven casi nunca a su marido y la única forma de no pensar en ella es hablar con sus amigas y leer, creo que la literatura ha hecho mucho para mitigar la soledad de muchas personas, incluso la mia.
-Entonces señorita Elisabeth si me permite, ¿Que poeta le gusta más?
-Alfred Tennyson como no y también me gusta mucho la poesía de Lord Byron.
-Vaya dos poetas de los más famosos que hay en Inglaterra, parece ser que tiene buen gusto.
-Gracias señorito, me halaga con sus palabras.
Mis padres se nos quedaron observando un rato, mi madre le hizo una señal a mi padre y él le sonrio, sabía exactamente lo que ahora se avecinaba, aunque nunca había llegado al punto de que mis padres estuvieran tranquilos para dejarme a “solas” con uno de los pretendientes… sus gestos los delataron, en realidad eran muy obvios y me preguntaba si él también se habría dado cuenta, se levantaron los dos al mismo tiempo mientras nos miraban con una cara que era de increíble satisfacción, me estaban avergonzando enormemente.
-Bueno yo y mi querida esposa debemos ausentarnos durante unos minutos, señorito Middleton nos ha encantado verlo hoy.
-Ningún problema señor Moncrieff, espero poder tener una conversa agradable con usted la próxima vez que nos veamos.
-Seguro.
Mis padres se marcharon de la sala dejándonos al señorito Middleton y a mí a solas con mí criada, atrás mío por si necesitaba algo y con un mayordomo que atendía al joven, nerviosa comencé a juguetear con la falda de mi vestido, no se me daba bien hablar con la gente, quiero decir, siempre estaba encerrada en casa y en pocas ocasiones charlaba animadamente con alguien, soy una joven solitaria lo reconozco pero a el no le parecía importar, estaba totalmente sereno y me miraba con tranquilidad y paciencia.
-Bueno señorita Elisabeth, me gustaría saber más de usted si no le importa.
-No en absoluto, veamos… Cuando cumplí los cinco años mis padres me obligaron a aprender a tocar el piano y el arpa.
-Oh vaya, es cierto que a muchas damas las obligan a tocar instrumentos.
-Si en cierto modo con el tiempo comencé a apreciar el sonido del piano y adoro algunas composiciones de ciertos autores.
-Realmente interesante, me acuerdo que a mí me enseño a tocar mi hermano mayor que ahora está en estados unidos para crear un nuevo negocio, el caso es que era muy bueno y deje de tocar el piano porque me sentía inferior a él.
-Oh vaya señor, lo siento en el alma.
-No se preocupe y por favor no me llame señor, solo nos llevamos dos años.
-Perdone.
-No importa. –Middleton miró su reloj de bolsillo y se levantó elegantemente como se esperaría de un hombre de su posición- Perdone señorita pero debo partir, tengo que ayudar a mi padre en algunos asuntos ahora que ya no está aquí mi hermano para resolverlos, espero volverla a ver. –dijo besándome la mano a modo de despedida.
-Sin duda señorito Middleton.
Se quedó unos segundos mirando mis ojos y luego se fue con paso ligero, tenía una sensación extraña, a pesar de ser noble no parecía ser nada pretencioso, además normalmente los jóvenes atractivos de la alta sociedad tienden a otro tipo de comportamiento, seguí sentada en el sofá pensando en su extraña actitud, realmente aquel muchacho me había chocado ya que era totalmente diferente a los demás hombres que habían venido como pretendientes, había sido tan educado conmigo...Normalmente suelen hablar con mis padres para caerles bien, intentar ganarse su afecto y cuando estábamos a solas hablaban de ellos mismos, intentando hacerme ver lo grandes que eran, la gran posición que tenían y el mucho dinero que poseían, me daban arcadas cada vez que conocía un pretendiente de esa calaña, por eso no quería que mis padres me concertaran citas, yo sabía lo que quería pero ellos no entendían que yo quería tomar mis propias decisiones, debía acatar lo que se me decía, no tenía derecho a replicar.
Estaba en mi habitación, leyendo una novela, Amy entro a dejar la ropa limpia en mi armario y me hizo una pequeña reverencia antes de irse, deje a un lado el libro y mire al techo suspirando, no me gustaba mucho la vida de una dama de buena familia, todos estaban expectantes a lo que hacía, al mínimo error que una hiciera ya te miraban con mala cara y hablaban puros horrores de ti con miradas venenosas, por eso quería alejarme de todo aquello pero mis padres no lo querían permitir y cuando se lo dije fue cuando comenzaron a buscarme un buen pretendiente para atarme a ese mundo vacío en el que lo único que importa es solo el dinero y no como por ejemplo en las novelas y en los poemas, el amor.
Por la noche Amy me avisó de que la cena estaba lista, me tome mi tiempo para estar algo presentable pues mis padres eran muy estrictos en ese tema. Baje los escalones para ir al gran comedor con su gran mesa que podría haber sentadas como cien personas y me senté a un lado de mi padre. Mientras cenábamos no dijimos nada porque era de mala educación hablar cuando uno come, acabé de cenar y me levanté de la mesa dispuesta a irme a mi habitación pero esos no eran los planes de mi padre, como siempre.
-Elisabeth. –me llamo el con su severa voz.
-Dime padre.
-Mañana seguramente vendrá el señorito Middleton, así que por favor compórtate como una dama y vístete adecuadamente.
-Si padre.
Dicho esto me fui algo molesta a mi habitación, no soportaba que digiera que me debía comportar como una dama cuando se suponía que ya lo era, para el todo lo que yo hacia estaba mal, quiero decir, no me comportaba como una delicada flor, no acataba con gusto sus normas y ordenes, no era la típica mujer que se moria por encontrar un buen marido y tener niños, en realidad en un futuro quería formar una familia pero no de ese modo tan forzado, no sería feliz de esa forma y no podría complacer a mi consorte, ni siquiera podría criar bien a mis vastagos pero el no me entendia, no lo veía de la misma forma que yo.
Al día siguiente me levante temprano, me tome un buen baño y me entretuve arreglando mi negra y ondulada melena, mi madre solía decir que mi cabello era un regalo de Dios porque era sedosa, brillante y tenía una ondulación perfecta para la forma de mi cara que resaltaba mis facciones. Me quite el camisón y me puse uno de mis mejores vestidos, me mire al espejo y cuando vi que ya estaba lista baje al piso de abajo con la barbilla en alto con Amy detrás mío. Llegé al salón con pasos delicados y me encontre a mi padre charlando con el señorito Middleton.
-Oh mi hija ya ha llegado, ven aquí querida Elisabeth.
Me acerque donde estaba mi padre, Middleton estaba sentado delante de él y me dedicó una sonrisa amable, seguía igual de elegante que el día anterior, bien acicalado y afeitado, me sorprendía que un noble pudiera tener una sonrisa tan afable, aunque quizás estaba interpretando un papel, todos saben que las personas de la alta sociedad son educadas de forma que parezcan elegantes, amables y sotisficadas, pero dentro podían ser personas malvadas, ruines y depravadas, aún asi el señorito Middleton no me daba esa sensación aunque no quería bajar la guardia, seguramente buscaba una prometida la cual pudiese dar descendencia suya y después se olvidaría completamente de mi si conseguia algo, mi orgullo de mujer no me permitia aquello.
-Es un placer volverla a ver señorita Elisabeth.
-Lo mismo digo señorito Middleton.-dije cortésmente, quitando mis anteriores pensamientos de mi cabeza.
-Bueno, dejo a los jóvenes charlar, yo tengo asuntos que resolver de un negocio, podría hacerlo mi asociado pero es un inútil.- mi padre me miro y me advirtió con la mirada- Elisabeth se amable con nuestro invitado, ¿de acuerdo?
-Claro padre.
Mi padre se fue tranquilo a hacer sus tareas mientras les decía algo a los criados los cuales cinco minutos después nos sirvieron unas tazas de té y las dejaron en la mesilla, yo estaba algo incomoda aunque ayer hubiese tenido una pequeña charla bastante agradable con el no estaba acostumbrada a tratar con hombres, realmente era mi padre quien hablaba normalmente con mis pretendientes por lo que muchas veces no sabía de que charlar.
-Bien señorita Elisabeth, había pensado de ir a dar un paseo hoy con usted si le apetece, hace un día estupendo.
Mire a Middleton a los ojos, estaba algo nerviosa pero debía ser educada, me la cargaría si mi padre se llegase a enterar de que había rechazado una invitación del señorito Middleton, además aquel joven en comparación con otros hombres no me miraba lascivamente, me miraba con curiosidad como si yo fuera un puzle difícil de resolver, me pusé a pensar que, en realidad, quizás fuese mas honesto de lo que había creido en un principio, tenía la mirada limpia, sus ojos grises no revelaban nada mas que lo anteriormente dicho, curiosidad.
-Claro señorito Middleton, sería un placer.
Cogí una sombrilla, nos preparamos y salimos de la mansión, nos esperaba un carruaje a la entrada, no lo conocía por lo que deduje que seria del señorito Middleton, me ayudo a entrar suavemente y con delicadeza, después entro él y se sentó delante de mí, seguía mirándome con esos ojos inescrutables, me hacia sentir incomoda pero de una forma diferente, quiero decir no estaba mal en su compañía pero que me mirara de esa forma me ponía nerviosa.
-Bueno señorita Elisabeth, ¿puedo preguntarle que hace normalmente?
-Pues la verdad no mucho, toco un poco el piano y me pongo a leer alguna novela que tengo de hace tiempo.
-Su padre tenía razón, pasa el tiempo en cultivar su mente.
-Bueno son mis aficiones, prefiero hacer eso que quedarme de florero en casa.-cuando dije eso me di cuenta de que había sido grosera- Oh, lo siento, no pretendía decir eso es solo que…
-Lo sé, la deben de presionar mucho, a mi me pasa igual, si no fuera porque mi hermano no está aquí tendría más libertad, pero que yo sepa usted es hija única.
-Así es, desde pequeña me enseñaron que debía ser una buena dama de categoría, elegante y disciplinada.
-Es algo difícil de remediar pero siempre que quiera desahogarse puede contar conmigo.-dijo el sonriendo
-Gracias señorito Middleton.
-Llámeme Edward, si nos vamos a ver más a menudo preferiría que me llamase por mi nombre, al menos cuando estemos a solas.
-Claro, entonces usted también puede tutearme si así lo desea.
-Eso hare.-dijo con una sonrisa
Durante el resto del trayecto no dijimos nada mas, estábamos en silencio pero no era un silencio incomodo, me sentía a gusto con ese hombre después de escuchar sus palabras y ver que no era el típico hombre que buscaba la típica esposa, a pesar de que no lo conocía de casi nada y yo era muy reservada con las personas.
Llegamos a Hyde park, un parque de lo más espacioso y donde mucha gente iba a dar un paseo en los pocos días soleados que había en Londres. Edward me ayudo a bajar del carruaje y me alise el vestido, el me pasó la sombrilla y la abrí. Caminamos por un camino que nos conducía al hacia un gran estanque que había, sentía mucha paz y hacia un inusual día soleado. Charlamos sobre varias cosas, sobretodo de literatura aunque me dijo que él era más de arte, la verdad es que nunca había conocido a un joven tan interesante.
-¿Sabe? Mañana inauguro una galería de arte, he conseguido comprarla y que varios artistas expongan sus cuadros, me gustaría que estuviese allí Elisabeth.
-Pero yo no entiendo mucho sobre arte Edward, seguro que quedaría como una ignorante.
-No diga eso, la literatura también es un arte, el arte de la escritura, así que estoy seguro de que usted entenderá esos cuadros más que la mayoría de gente que se va a presentar.
-¿No tengo opción?-dije con una sonrisa.
-Me temo que no, además me gustaría mucho que viniese, seria agradable para mí tener una compañía tan encantadora.
-Vaya creo que usted exagera, no soy una compañía tan agradable pero gracias.-me sonroje mucho y gire un poco la cabeza para que no viera mi rostro.
Mire durante un rato aquel estanque de agua cristalina, me relajaba mucho pero seguía algo avergonzada por el comentario de Edward, muchos hombres habían intentado ser amables conmigo para ganarse el afecto de mi padre pero él no era tonto y los echaba a todos aquellos impresentables, al principio pensaba que mi padre solo quería que tuviese un prometido rico o poderoso pero rechazo el mismo a varios de los que se presentaron, si eligió este muchacho para ser mi esposo debía haber alguna razón más que el dinero.
Al día siguiente después de comer Amy lo preparo todo para que fuera perfecta en la inauguración de la galería de arte, me preparo un vestido azul claro ya que la mayoría de mis vestidos eran azulados para conjuntar con mis ojos y cogió un montón de joyas autenticas como pendientes de perlas y un collar de tres vueltas con piedras preciosas. El carruaje me dejo a la entrada y me acompañaba Amy, mis padres vendrían más tarde así que fuimos solo nosotras dos, Amy cargaba mi fular aunque le dije que no hacía falta, fuimos al interior y vi la estancia repleta de gente de la alta sociedad, estaba acostumbrada a estar rodeada de lujos pero nunca había estado en un lugar tan lleno de gente. Camine con mi largo y bonito vestido y tarde bien poco en reconocer a Edward, era imposible no hacerlo, iba más elegante de lo normal y el siempre iba elegante, se me acercó a la que me vio y me sonrió de oreja a oreja.
-Buenas noches Elizabeth, perdona por no atenderte antes.
-No es ningún problema, veo que hay mucha gente a la que saludar.
-Bueno si pero preferiría poder hablar con usted con tranquilidad.-me dijo en un suspiro- En fin, espero que disfrute ver los cuadros de estos artistas, yo ahora he de irme a hablar con un socio pero volveré pronto.
-Ningún problema Edward, puedo apañármelas sola.-dije con una sonrisa.
Edward se marchó en dirección contraria no sin antes disculparse, fui caminando por la galería admirando los hermosos cuadros, realmente ese muchacho tenia buen gusto por el arte, me pare delante de un cuadro que me llamo especialmente la atención, la silueta de una mujer con el pelo larguísimo y dorado iluminada por un foco de luz en un prado quemado, era increíblemente hermoso, no había palabras para describir lo que ese cuadro me hacía sentir en ese momento, el rostro de la mujer a pesar de no verse totalmente bien por la perspectiva se podía apreciar que tenía una sonrisa dulce y los ojos brillantes, mire el título de esa obra, ‘’esperanza’’.
-¿Le gusta mi cuadro señorita?-dijo una voz desconocida.
Me gire en redondo y me encontré con un joven muchacho, muy apuesto con una mirada clara, era rubio con unos ojos verde claros, me sonreía desde su altura ya que ese muchacho era muy alto, iba elegante como todos en esa estancia pero ese joven poseía una aura diferente, no tenía ese aire de egocentrismo que manaba la gente de la alta sociedad, su sonrisa era muy amable y cálida, me dio la impresión de que era buena persona aunque no podía juzgar a alguien que ni siquiera conocía.
-Lo encuentro precioso señor.-dije educadamente.
-Me alegro de que le guste, hacía tiempo que no veía a nadie mirar de la forma en que lo hace usted mis cuadros.
-¿Y de qué forma los miro?
-Los intenta comprender, el sentimiento que está plasmado en él, la mayoría solo lo alaban para parecer más cultos pero en realidad no comprenden el arte.
-La verdad mi señor es que yo no sé mucho sobre arte.
-No hace falta saber arte para comprenderlo si no corazón-dijo con su brillante sonrisa amable- Por cierto perdón por mi rudeza, mi nombre es Charles Thompson, ¿Cual es el suyo señorita?
-Elisabeth Moncrieff, un placer conocerle señor Thompson.
-No soy tan grande como para que me llame señor.-dijo riendo- Pero da igual, ¿me acompañaría a dar un paseo por la galería? No encuentro a nadie interesante con quien conversar y usted parece una mujer inteligente.
-No sé si estaré a la altura de sus expectativas pero lo intentare.-dije con una sonrisa cortes.
Paseamos por la galería disfrutando de varios cuadros, de vez en cuando nos paraban para hablar con Thompson sobre sus obras aunque él no parecía muy complacido, él les sonreía y charlaba con ellos pero yo notaba que no estaba a gusto en un ambiente como aquel, me parecía curioso que un artista el cual exponía en una galería de un famoso noble no estuviera acostumbrado, o mejor dicho, no estuviera a gusto en compañía de la alta sociedad.
-No es que quiera entrometerme en sus asuntos pero, ¿si no está cómodo aquí porque habla amigablemente con la gente? Quiero decir no parece muy contento pero aun así se fuerza, aunque bueno es mi opinión, quizás me equivoco.-Thompson me miro sorprendido, no apartaba su mirada de mí y eso me hizo sonrojar un poco, cuando se dio cuenta giro la cabeza algo avergonzado y se aclaro la garganta.
-Así que te diste cuenta… Bueno un artista debe tratar bien a los futuros compradores, aunque no me guste su visión de la vida y sus costumbres.
-Es normal que se sienta así, la gente de la alta sociedad es muy egocéntrica y muchas veces solo quieren cuadros para alardear.
Pensé en el montón de cuadros que había en mi mansión, me sentí mal por el porqué quizás había algún cuadro suyo y ni siquiera lo sabía, estar con gente con la que notas que no tienes nada en común hace sentirse uno aislado, aunque yo no era nadie para criticar, en realidad yo formaba parte de ese mundo, ese mundo que parece brillar y ofrecerte todo lo que tú quieras, que parece que pueda darte la felicidad, pero yo sé más que nadie que eso no es cierto, en realidad es un mundo vacío, bonitamente decorado pero nada más, es del todo superficial, no hay sentimientos y eso me hace sentir triste y sola.
-Interesante, ¿no es usted de la alta sociedad bella dama?
-Digamos que esos son mis padres, a mi todo este mundo de lujos no me atrae mucho, prefiero leer y hacer otras cosas antes que ir a un baile.
Thompson no dijo nada pero mirando de reojo pude ver como un amago de sonrisa aparecía en su rostro perfecto, busque con la mirada a Edward porque comenzaba a sentirme algo extraña en compañía de aquel hombre, lo vi rodeado de mujeres bellas y jóvenes, sin querer apreté los puños y desvié la vista encontrándome con los ojos cristalinos de Thompson.
-¿Le ocurre algo señorita Moncrieff?
-No es nada.-dije apartando la vista- Es solo que estoy algo agobiada.
-Así que era eso.-dijo pensativo- ¿Entonces no le importara acompañarme afuera unos minutos? De esta manera despejara su mente.
-Supongo que es buena idea.
El señorito Thompson me ofreció su brazo y yo coloque delicadamente mi mano en el, me condujo hacia fuera del edificio esquivando a gente y cuando llegamos al exterior inspire profundamente y reí como una niña.
-Lo siento es que me recuerda cuando era pequeña y escapaba de mis padres.
-No tiene que disculparse, verla reír de una forma tan natural hace que me entren ganas de pintar otra vez y hacía tiempo que no encontraba inspiración.-dijo Thompson mirando el cielo.
No dije nada, simplemente me sonroje y mire el cielo también, lleno de puntos blancos, siempre me había fascinado, la luna estaba casi llena, su resplandor era realmente bello. Escuche unos pasos y me gire para mirar quien era encontrándome con los ojos preocupados de Edward.
-Elisabeth, ¿Dónde estaba?
-Perdone, me estaba agobiando allí dentro y el señorito Thompson me acompaño aquí fuera para que pudiera relajarme.
Edward miro fijamente a Thompson, él ni se inmuto ante la mirada penetrante de Edward y este se acerco a mí, mi corazón comenzó a latir rápidamente, no sabía si era por la cercanía del o por el miedo de que estuviera enfadado, agache la cabeza para que no pudiera ver el rubor de mis mejillas pero el alzo mi rostro con su mano en mi mentón y sonrió.
-Elisabeth estas roja, debe ser por el frio, ¿Por qué no te vienes adentro y recuperas el calor?-dijo calmadamente aunque con un tono inusual en su voz.
-Ah, bueno, supongo que es lo mejor.
Cuando me iba hacia el interior de la galería acompañada de Edward me gire un momento para ver si aún seguía allí el señorito Thompson pero no había rastro de él, suspire y volví la mirada hacia delante sintiéndome del todo extraña.
Al día siguiente me desperté cansada, necesite que Amy lo hiciera casi todo aunque normalmente yo me empeñaba en hacer cosas por mí misma. Cuando llegue al comedor para desayunar me esperaban mis padres con una gran sonrisa y muchos platos en la mesa.
-¿Esperamos visita?-dije algo desconcertada
-Si hija mía, parece ser que hoy nos ha venido a ver el señorito Thompson, dijo que le gustaría charlar contigo, ¿Cómo no nos dijiste que conociste a un pintor famoso?
-No sabía que tenía que contaros todo lo que hago en mi vida.-dije ya cansada de la actitud de mis padres.
Mis padres me miraron sorprendidos, lo comprendía, una dama no debía hablar de tal forma pero estaba harta de que controlaran mi vida y la planearan sin mi permiso, quería hacer las cosas a mi manera pero era “demasiado joven” para saber de la realidad según ellos.
-Hija sabes que lo hacemos por tu bien.
-No, no lo hacéis por mi bien, lo hacéis por el vuestro, si queréis ampliar vuestra fortuna me parece bien pero no a costa mía.
-¿Algún problema?-dijo una voz conocida.
Me gire y vi a Thompson acercarse a nosotros, cerré la boca de golpe y mire para otro sitio para que no pudiese ver mi cara de enojo, tendría la cara roja de furia por culpa de la conversación que había tenido con mis padres y no quería que él lo notase. Nadie contesto y me miro confundido pero con una sonrisa que pensé que sería habitual en él.
-Espero que no le importe que me una al desayuno señorita Moncrieff, pasaba por aquí cerca y recordé la agradable conversación que tuvimos anoche.
-Claro, será un placer.
Me senté en una de las sillas apartada de mis padres, Thompson me miro pero no me dijo nada y se sentó en la silla que estaba justo en frente de mi sitio, le dio el sombrero a una de las criadas y volvió a mirarme.
Acabado el desayuno nos levantamos todos de la mesa y dejamos que los criados recogieran los platos mientras nos íbamos al salón a charlar, me sentía incomoda, no por nuestro invitado si no por mis padres, últimamente no disfrutaba mucho de su compañía y siempre discutíamos y eso me estresaba demasiado. Nos sentamos en los mullidos sofás y nos trajeron unas tazas de te earl grey, el aroma era sublime y me relajaba notablemente.
-Así que señorito Thompson, ¿Ayer expuso en la galería del señorito Middleton?-pregunto mi madre.
-Si, me dio la oportunidad de exponer mis cuadros, me gane fama en Paris y Madrid y hace unos días volví aquí a Londres, la verdad es que echaba de menos mi hogar.
-Claro, es que Londres tiene un encanto especial que otras ciudades no tienen.-dijo riendo mi madre.
-¿Y ahora donde se hospeda Thompson?-esta vez hablo mi padre mirándolo fijamente, parecía que a mi madre le gustaba pero él prefería a Middleton.
-La verdad es que gracias a mis ingresos de los últimos cuadros que se vendieron muy bien he podido comprarme una casa en West End.
-Es una buena zona, allí no encontrara gente indeseable.-mi padre hablo con un desdén poco habitual en él.
Vi por el rabillo del ojo como Thompson se ponía tenso, le compadecía seguro que le había sentado mal el comentario de mi padre ya que el no es de la aristocracia ni tampoco un gran empresario, lo mire a los ojos y sonreí a modo de disculpa, el me devolvió la sonrisa y movió los labios, me pareció entender que decía “no pasa nada”.
-Bueno me encantaría quedarme más rato pero debo acabar unos cuadros para el señor Belmont.
-¿El señor Belmont? Vaya tengo entendido que es un noble de mucha reputación.
-Si, la verdad es que tiene algún que otro amigo que es lord.
-Debe de ser un honor trabajar para un aristócrata.
-Lo es.-dijo sin mucha convicción- Si me disculpan, espero poder verlos otro día y señorita Moncrieff espero poder charlar con usted muy pronto.
-No lo dude señorito Thompson.-dije con una sonrisa.
Thompson inclino la cabeza, cogió su sombrero y salió de salón con paso firme y elegante, me quede mirando un rato por donde había pasado, ese hombre tenía algo que me atraía, quizás fuera que aunque no era de buena casa tenía un porte elegante y atractivo, me levante del sofá y me fui a mi habitación, quería escribirle una carta a mi amiga Jocelyn que se había casado hacia poco, no amaba a su esposo aunque el día de la boda me dijo que el amor vendría con el tiempo, yo no la creía pero no podía decirle nada, fue su decisión, le explique lo que me paso durante toda la semana sabiendo que la carta le llegaría como muy temprano siete días después de enviarla, cuando pare de escribir suspire, me di cuenta de que habían aparecido dos hombres en mi vida y que los dos me atraían de formas distintas, eran totalmente diferentes en ciertos aspectos.
Pasaron dos días desde la visita de Thompson, estaba en mi habitación durmiendo plácidamente cuando escuche que alguien llamaba a la puerta, pensé que era Amy así que fui sin arreglarme a abrirla y me encontré con el rostro de Edward.
-Perdone, ¿La he despertado?
-No pasa nada, de todas formas debía levantarme.-intente arreglar un poco el estropicio que era mi cabello y lo mire algo avergonzada- ¿Se le ofrece algo? Es extraño que venga directamente a mi habitación.
-¿Podría pasar? Me gustaría comentarle algo Elisabeth si no es molestia.
-No en absoluto.-me aparte para que Edward pudiera pasar y cerré la puerta, no quería que mis padres se entrometiesen mas en mi vida.
-Tiene una habitación esplendida.-dijo examinando el lugar con la mirada y después volvió a mirarme a mi- Mire, hoy mismo por mañana tenía pensado de ir a la hípica y había pensado que en compensación de haberla dejado sola el día de la inauguración podría venir, estoy seguro de que lo pasaría bien.-Edward me miro con esos ojos grises que tanto me cautivaban, era como si una corriente me arrastrase hacia él y su forma de hablar aunque no tuviera la intención era seductora, era como si no pudiese negarle nada.
-Estaré encantada, así tomare el aire y me relajare, últimamente en casa el ambiente ha estado tenso.
-Creo que me explico algo en el carruaje, ¿Sigue llevándose mal con sus padres?
-Desafortunadamente si, tenemos opiniones muy distintas en lo que a mi futuro se refiere y además últimamente me agobian demasiado y sin querer les contesto de mala manera y no debería hacerlo.
-Pero el enojo puede con usted.-dijo con comprensión- No se sienta culpable, es normal que los hijos no se entiendan con los padres, yo también tengo muchas diferencias con el mío pero aun así le tengo mucho respeto.
Nos miramos los dos a los ojos y reímos, me sentí aliviada de no ser la única en tener problemas en ese aspecto, me había sentido como una mala hija pero Edward cambio mi estado de humor, tenía esa habilidad, agradaba a todo el mundo y con solo unas pocas palabras podía convencer a cualquiera.
-Bueno entonces la esperare abajo para que se cambie.
-De acuerdo eso hare.-dije sonriéndole amablemente.
Edward salió de mi habitación y yo me quite el batín y el camisón lo más rápido que pude, me intente poner un vestido yo sola pero no llegaba a la parte de atrás y necesite la ayuda de Amy, me peino y me dejo unos rizos que se habían formado mientras dormía que quedaban adorables y me puso un sombrero, bajes las escaleras trotando y me encontré con Edward en la entrada.
-¿Preparada?-pregunto alegre.
-Siempre lo estoy.-dije contenta.
Salimos de la mansión de buen humor, me ayudo como la otra vez a subir al carruaje, dentro ya del carruaje lo miraba fijamente, me recordaba un poco a Thompson en el sentido de que los dos parecían ser buenas personas, me trataban educadamente e intentaban comprenderme.
-¿En qué piensa Elisabeth?
-Nada en especial, solo que me trata con mucha cortesía.
-Alguien como usted necesita ese respeto y mas.-dijo con seriedad.
Me sonroje mucho, aparte la mirada avergonzada y me moví algo incomoda, para intentar distraerme comencé a alisar el vestido pero sentía el peso de su mirada, al final reuní coraje y se lo pregunte.
-¿Por qué dice eso? No soy una mujer de la nobleza.
-El respeto del que hablo yo no tiene que ver con la clase.-dijo sonriéndome- Tiene que ver con la nobleza de corazón, desde que la vi supe que era diferente a las demás mujeres, no es pretenciosa y si fuera como ellas ya hubiera intentado impresionarme de alguna forma, sin embargo usted simplemente es usted misma, sin fachadas, nada más, me hace sentir muy cómodo y es la primera vez que conozco a alguien que disfruta de mi compañía, o bueno eso creo yo.-dijo algo avergonzado esto último.
-Me halaga que me diga eso Edward, nadie excepto usted ha querido ver como soy en realidad o cuáles son mis intereses, lo conozco desde hace poquísimo pero siento como si lo conociera de toda la vida.-dije sonriéndole.
Edward me miro de una forma extraña, no había visto nunca esa expresión en el pero no me dio tiempo a preguntarle ya que el carruaje paró en seco y estuve a punto de caer encima de el. Bajamos del carruaje los dos algo incómodos o avergonzados no sabría cual de las dos opciones era la correcta, me condujo a un edificio de fachada blanca y tejas azules muy bonito, al lado de ese edificio había el establo, Edward me lo señalo con un gesto con la cabeza y asentí. Cuando llegamos al establo ya nos esperaba un mozo de cuadra, me paso las riendas de una yegua preciosa blanca y a Edward le paso las riendas de un pura sangre increíble.
-Asombroso.-dije sin poder contenerme.
-¿Verdad que si? Willow es mi caballo favorito, lo tengo desde hace años y es muy preciado para mi.-diciendo eso vi como acariciaba cariñosamente al caballo mientras le susurraba cosas y el relinchaba.
-¿Cómo se llama esta yegua?
-Windy, se lo puso la hija del propietario del establo y el edificio de al lado.
-¿Puedo preguntar qué es?
-Es un club para gente poderosa y con dinero, no creo que le guste para nada.-dijo con una sonrisa.
Le sonreí a modo de respuesta, nos dirigimos con los caballos hacia el exterior hacia un caminito, Edward se acerco a mí, estaba muy cerca y podía notar el calor de su cuerpo, me ayudo a montar a pesar de los problemas que suponía montar a caballo con un vestido, me senté de lado agarrándome a las riendas, Edward se subió a Willow fácilmente y sin problemas, me dio un poco de envidia.
-¿Paseamos Elisabeth?
Asentí y nos pusimos en marcha, al principio me costaba mucho pero Edward me iba diciendo que debía hacer y pronto pude disfrutar de aquel maravilloso paseo, las vistas era preciosas no sabía dónde estábamos pero era todo de un verde intenso, había un lago al lado del caminito que usábamos para ir con los caballos, me sentía del todo relajada y respire hondo el puro aire de aquel lugar, me sentía lejos de todos mis problemas. Lleguemos a una pequeña orilla donde no había casi nada de mala hierba al lado del lago, nos sentamos en el césped aun sabiendo que nuestra vestimenta se podría ensuciar pero no importo, aquel lugar parecía mágico.
-¿Le gusta este lugar?
-Me encanta, me recuerda a un sitio de alguna novela fantástica.
-Vengo aquí cuando quiero relajarme, como ya le he dicho antes por culpa de que no me llevo muy bien con mi padre no puedo estar tranquilo en casa.
-Le entiendo.-dije mirando hacia el lago absorta.
Edward me miro, lo pude ver por el rabillo del ojo y gire mi rostro hacia donde estaba el, estábamos a escasos centímetros el uno del otro, sentía que me volvía a sonrojar y gire rápidamente mi rostro, sentí una calidez en mi mano y al girarme otra vez vi que Edward había posado la suya encima de la mía.
-¿Edward?-dije realmente avergonzada.
-Elisabeth, me encanta estar con usted, me siento realmente bien aunque debo de irme unos días.-dijo realmente afligido.
-¿Y cuando se marchara?
-Esta misma noche, quería pasar un buen rato charlando con usted antes de marcharme.-esta vez había una sonrisa en su boca, una de esas que tanto hacían que se me agitara el corazón, un momento, ¿se me agitaba el corazón?
-Oh vaya, espero haber cumplido con sus expectativas.
Edward me miro con una expresión que me hizo ruborizar del todo, aunque tratara de disimularlo ya había visto mi rostro, me escruto con la mirada y yo no aparte la mía, no podía, sus ojos siempre me habían atraído de una forma perturbadora. Al cabo de unos segundos que me parecieron horas una sonrisa asomo por su rostro y se paso la mano por el pelo.
-Siempre las cumple Elisabeth, por eso quiero visitarla siempre que tenga un rato libre.
-Pero quizás tiene otras cosas más importantes que hacer, me siento culpable ahora que lo menciona.
-No lo haga, simplemente con usted puedo relajarme del trabajo y de mi padre, espero que cuando vuelva podamos quedar como hoy.
-Sera un placer.
Después de nuestra charla nos volvimos a montar en los caballos, no dijimos nada por el camino aunque el silencio que había entre nosotros era ciertamente relajante, paseando de aquella manera con esos verdes paisajes y en compañía de Edward me hacía pensar que quizás no todos los nobles no eran unos engreídos aunque si en su gran mayoría.
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